lunes, 18 de marzo de 2024

V.V.A.A.-2 CD-PRIMER ENCUENTRO DE LA MUSICA POPULAR EN ARAGON 2019

 

Noviembre de 1973: El germen de los cantautores y de la música popular aragonesa.

El encuentro que tuvo lugar en el teatro Principal hace 46 años, recogido en un magnífico disco-libro editado por Prames, fue el acta oficial de nacimiento de Labordeta, Carbonell y La Bullonera, entre otros artistas y grupos de los años setenta.

El encuentro del 13 de noviembre de 1973 en el Teatro Principal de los primeros cantautores fue decisivo para la gestación del movimiento que después sacudió la música popular y la misma fisonomía política y social de la década de los setenta.

Hace unos meses me ocupé del asunto a raíz del disco-libro que en la primavera pasada publicó Prames con las grabaciones de aquella histórica sesión y emplacé a los lectores interesados para una segunda parte que, por causas ajenas a mi voluntad, o dicho claramente, por la falta de contestación de algunos actores y responsables de aquel encuentro, he tenido que ir dilatando.

Con esas ausencias, sin embargo, afronto esta nueva entrega, dividida en dos porciones, a la búsqueda de las sensaciones de aquellos jóvenes aprendices de cantores, de su presencia en el escenario y de la intrahistoria de aquella reunión, que ha dado forma a uno de los discos más notables aparecidos este año en Aragón, por su contenido y por la trascendencia posterior que tuvo aquella reunión.

Actuaron, como es sabido y en este orden, Labordeta, Pilar Garzón, Tierra Húmeda, Tomás Bosque, Renaxer, Joaquín Carbonell y La Bullonera. Era, como en la presentación dijo José Juan Chicón, “un inventario”, todo el panel de músicos populares que había en la tierra, el núcleo creador, por tanto, de la canción popular aragonesa y el detonante futuro de la eclosión de grupos de folk y de música tradicional de Aragón, aunque en aquel momento nadie fuera consciente de la trascendencia futura del encuentro. “Ni de coña podía imaginar la proyección que aquel encuentro luego tuvo”, señala 46 años después Eduardo Paz, de La Bullonera.

Y en el mismo sentido, desde tierras ibicencas, se expresa Pilar Garzón, quien, bajo el amparo de Radio Zaragoza y de José Juan Chicón, fue la instigadora del encuentro. “No tengo dotes de adivina. Sabía que había nacido un movimiento musical nuevo y deseaba que se conociera en su conjunto, pero su futuro no formaba parte de mis conjeturas”.

Luis Melendo, del grupo Renaxer, tiene la memoria más fresca: “Los nervios de aquel día ante la posible prohibición del encuentro, la sensación de que era algo que nos desbordaba por su grandeza, el temor a hacerlo mal… nos hacía estar más presentes del momento que íbamos a vivir que de la trascendencia del acto del que no sabíamos si saldríamos de allí por nuestro pie o acabaríamos todos en un furgón camino de cualquier comisaria. No cabe duda de que eran los últimos estertores del franquismo y casi todos, de una forma o de otra, éramos gente de izquierdas, que se diría ahora”.

Carbonell tampoco era consciente de que en aquel momento se estaba creando un movimiento musical y social inédito por estas tierras: “Nadie sabíamos qué iba a salir de aquello. Fue con el tiempo cuando nos dimos cuenta de que habíamos creado un nuevo lenguaje musical, que desde un sonido folk hablaba de lo más cercano. Eso solo lo hacía la jota, no teníamos ninguna referencia musical para evolucionar; hubo que crear un estilo desde la nada para, por un lado, denunciar el estado político nacional y, por otro, sustentarlo en músicas con cierto "sonido" aragonés. Mucho más Labordeta y La Bullonera que yo, sin duda, que dejé paso a la influencia de Georges Brassens, Bob Dylan, Hilario Camacho o Serrat, que ya había escuchado en Teruel”.

Labordeta cantó con su peculiar voz de hierro y arcilla cinco canciones que luego repartiría en sus dos primeros discos, aunque todavía no afloraron sus dos himnos ya seculares: Aragón y Canto a la libertad.

Aún no había firmado con Edigsa, si bien era el único que contaba con un disco en el mercado; lo que es un decir, puesto que aquel EP de debut, Andros 2, publicado en 1968 con el sello madrileño Edumsa, apenas duró tres meses en el mercado al censurarlo la autoridad competente. 




Pilar Garzón, nacida en Aínsa, voz delicada y quiebros tímbricos a lo María del Mar Bonet o Marina Rosell, cantó en fabla cinco sensibles piezas, con Agora que o negro silencio enraizada en la jota y la hermosa Que escura y fosca ye a brispa.






Tierra Húmeda, formación al modo de grupos entonces ya establecidos en el mundo del folk como Jarcha, Aguaviva, Nuevo Mester de Juglaría y sobre todo Nuestro Pequeño Mundo, encararon sus cinco canciones, como todos los demás cantaron, hacia la musicación de poemas de Miguel Hernández. 






Tomás Bosque, aún con timbre adolescente y voz en ciernes, trajo la voz en catalán y castellano de la Franja. 





Renaxer, formado en Zaragoza, cantaba plenamente en aragonés poemas que les componía Francho Nagore.

También con el eco y formato vocal híbrido de voces femeninas y masculinas, sus componentes se adherían a la línea de los grupos folk de la época, aunque en algún momento sacaran a la luz las raíces más profundas de la música tradicional pirenaica, como mostraron en El ciervo, un dance de Yebra de Basa.



Joaquín Carbonell estaba en plena desfloración: no solo había compuesto una única canción de su magnífico primer álbum, Con la ayuda de todos (1976), sino que su voz era todavía ‘infantica’, sin la gravedad y peso tímbrico que después desarrolló, y sigue desarrollando, en su larga trayectoria, pero allí ya estaba latente su humor somarda, su devoción brasseniana y su encomiable inventiva para la escritura.



La Bullonera sorprende 45 años después porque salió al escenario con su desconocida formación primigenia, con la voz femenina de María Jesús Murría (Chusa) compartida con la Eduardo Paz. Javier Maestre puso música a poemas de Miguel Hernández y Neruda.

Aún estaba lejos de lo que luego aportó a la canción popular de esta tierra: compromiso social y político, defensa de la tierra y bravura, mucha bravura sonora, pero como titulaba un diario de la época traía “un nuevo sentido de la canción popular aragonesa”.

El recital se cerró en la función de noche con todos los participantes entonando el rabioso En marcha (Hemos dicho basta) de Quilapayún. “Las cintas del armario”, con un sonido más que aceptable y de origen desconocido, si bien pudo ser Radio Zaragoza, al mediar Chicón, quien grabó las sesiones de las que salió este disco, dan fe de aquel encuentro histórico, el acta de oficial de nacimiento de los cantautores aragoneses.

Ha transcurrido casi medio siglo de aquella reunión y los recuerdos se mueven de forma nebulosa por el cerebro de los participantes. “No tengo demasiado recuerdo”, señala Carbonell. “Solo una nebulosa. Todo estaba envuelto en muchos nervios, en una tarde de mucho ajetreo tratando de ensayar un poco el sonido, de coordinarnos todos, de repasar letras, de considerarnos por primera vez "artistas", dado que cantábamos en el escenario del Teatro Principal”.

“Mentiría si dijese que recuerdo alguna sensación de aquel episodio”, apunta Eduardo Paz. “Tenía 21 años, me gustaba el barullo, los barullos, entre ellos, el antifranquismo comunista y todo giraba en torno a esa efervescencia, así que, supongo, me sentí excitado y un poco asustado, pero no lo recuerdo, francamente. Además, es muy difícil distinguir los recuerdos genuinos de los fabricados por el paso del tiempo, con su poder contaminante y no quisiera caer en una épica que no recuerdo como tal”.

Pilar Garzón: “No recuerdo de forma especial aquel concierto: un escenario demasiado grande para mí sola durante mi actuación y mucho público. En mi caso siempre me sorprendía aquel público entregado a unas canciones en fabla que hablaban de los ríos, los árboles, los Monegros y de sentimientos profundos de amor y melancolía; y, sobre todo, me gustaba cantar la canción en que ella, la fabla, era la protagonista”.

Luis Melendo, de Renaxer, pese a aquellos tiempos represivos, comenta que no hubo policía pero sí incertidumbre por los permisos de la autoridad: “Recuerdo la ilusión, los nervios. No éramos muy conscientes hasta que media hora antes de empezar veíamos a través del telón cómo se iba llenando el teatro, no nos lo creíamos, hacía años que el Principal no se llenaba”. Melendo también recuerda que pese al momento político que se vivía no notó significación física alguna de policía, vigilancia o traba por parte de la autoridad pertinente. “No hubo nada especialmente, aunque sabíamos del problema de los permisos del gobierno civil a través de Jose Antonio, La Bullonera, etc.
El permiso para el recital estaba concedido el día anterior, pero parece que no lo comunicaron hasta una hora antes de comenzar el recital. También recuerdo que había programado un recital en Huesca y se tuvo que suspender porque no dio el permiso el gobierno civil. Igualmente recuerdo que para los recitales de Monzón y Barbastro La Bullonera tenía que presentar a la censura entre 15 y 20 canciones para que dieran el visto bueno a 5 o 6, que eran las que cantábamos en cada recital más o menos”.

Así lo recuerda, con mucho más detalle, Antonio Fernández, componente de Tierra Húmeda: “Por fin ya había llegado el día y todos estábamos tras el telón del Principal. No era fácil gestionar todo aquello: 29 personas, instrumentos de cada elemento participante, equipo de sonido cedido por Rubenca… Había nervios, ojos escrutadores de todo lo que hay tras un escenario (muchos de nosotros no habíamos actuado nunca en un lugar tan grande), respeto, intimidación, emoción y alegría por las noticias que llegaban sobre el número de personas que iban a venir. Todos, por turnos desorganizados y caprichosos mirábamos a través del telón cómo se iba llenando el Teatro Principal, unos preparando el orden de salida, otros afinando los instrumentos y en general un ambiente de fiesta y responsabilidad que fue ocupando cada rincón del teatro, del escenario. En el patio de butacas ganas de disfrutar, de participar en algo que iba a ser importante, toses, voces que venían de todos los lados, de todas las alturas en que estaba organizado, y también respeto, expectativas favorables por lo que iba a ocurrir una vez se levantara el telón”.

Finalmente, Juana de Grandes, viuda de Labordeta, recuerda emotivamente en el texto del excelente disco-libro de Prames el ambiente que se respiraba en torno a aquella cita tan insólita como germinal y atrevida: “La llegada al Principal fue emocionante, la gente esperaba en la puerta, con fuerza, con ganas, nadie quería perderse nada ni dentro ni fuera. Todos queríamos presenciar todo”. Las voces, como ella misma recoge en el texto en palabras de Labordeta, hasta entonces inciertas y acalladas irrumpieron con fuerza y rabia contra el aire. Un puñetazo de música, poesía y contestación que iba a cambiar el paisaje social y musical de aquel Aragón de los setenta, enmudecido en la superficie por los jerarcas pero anhelante y revuelto en su fondo a la búsqueda de la salida del túnel negro de la dictadura. En otra próxima entrega seguiré profundizando en aquel trascendente encuentro del Principal de la mano de sus partícipes.